Un día después del audaz robo de joyas en el Museo del Louvre de París, aún no hay detenidos. Mientras las autoridades enfrentan una ola de críticas y recriminaciones, se multiplican las hipótesis sobre el destino del botín, la magnitud de la falla de seguridad y la eventual utilización de las piezas robadas.

Veinticuatro horas después del robo de joyas en el Museo del Louvre, los responsables siguen sin ser detenidos y las piezas sustraídas continúan desaparecidas. “Sin ninguna duda hemos fracasado”, reconoció Gérald Darmanin, ministro de Justicia francés, en una entrevista radial.

La indignación es generalizada. Los franceses exigen respuestas inmediatas por la inexplicable facilidad con la que los ladrones entraron y salieron de una de las salas más protegidas del museo. Las críticas no solo provienen de la oposición, sino también de especialistas en arte y patrimonio, que hablan de una herida al “espíritu francés”.

El robo provocó la convocatoria de una reunión urgente entre funcionarios del Interior, Cultura y los responsables del museo, para analizar qué falló y cómo reforzar la vigilancia en los espacios culturales del país.

Una investigación preliminar del Tribunal de Cuentas de Francia revela graves carencias en la videovigilancia del Louvre. En el sector donde se encontraba la galería de Apolo, que albergaba las joyas robadas, un porcentaje significativo de salas carecía de cámaras; en otra ala, las carencias llegan a niveles alarmantes. Además, trabajadores del museo denuncian que en los últimos quince años se eliminaron cientos de empleos de vigilancia mientras la afluencia de visitantes aumentó considerablemente.

El robo no incluyó la corona de Luis XV, porque desde hace siglos muchas de sus piedras ya son imitaciones. Pero sí se llevaron piezas valiosísimas, como el broche llamado “Relicario”, con los diamantes Mazarin. Sobre el destino del botín, los expertos barajan múltiples posibilidades: que haya sido encargado por un coleccionista extranjero, que intervenga un Estado, o que las piezas sean desmontadas para vender sus diamantes por separado y volverlas “anónimas”.

El hecho de que esta vulneración haya ocurrido en un símbolo cultural global como el Louvre dibuja una alerta mayor para Francia, que se ve cuestionada en su capacidad para custodiar su patrimonio. “El museo perdió su estatus de uno de los más seguros del mundo”, señala un especialista consultado.

Con los ladrones sin rastro claro, el gobierno bajo presión y el patrimonio nacional en riesgo, el episodio del Louvre se perfila como un momento definitorio en la gestión de la cultura y la seguridad francesa.