El kéfir es un alimento fermentado con más de 30 cepas de bacterias y levaduras que aporta beneficios digestivos, inmunológicos y metabólicos. Su consumo regular puede equilibrar la microbiota intestinal, mejorar la digestión y fortalecer el sistema inmune. Originario del Cáucaso, su preparación casera sigue prácticas ancestrales que combinan tradición y ciencia.

Este fermento se obtiene a partir de gránulos gelatinosos que transforman la leche o el agua azucarada en una bebida rica en microorganismos vivos y compuestos bioactivos. Tanto el kéfir de leche como el de agua aportan probióticos, enzimas y péptidos que promueven la salud intestinal, facilitan la absorción de nutrientes y regulan el tránsito digestivo.

Investigaciones preliminares sugieren que el kéfir puede aliviar síntomas digestivos como diarrea, estreñimiento o síndrome del intestino irritable. Además, los ácidos orgánicos y péptidos generados durante la fermentación ejercen efectos antiinflamatorios locales, reforzando la barrera intestinal y protegiendo al organismo frente a patógenos.

Su consumo también potencia la respuesta inmunitaria, ya que cerca del 70% de las células inmunes se encuentran en el intestino. Preparar kéfir en casa es sencillo: se fermentan los gránulos en leche o agua azucarada entre 24 y 48 horas, cuidando la higiene y reutilizando los cultivos. Una dosis diaria de 100-200 ml es suficiente para obtener sus beneficios.