La crianza de niños y adolescentes enfrenta un fenómeno central: la soledad de quienes ejercen la tarea, marcada por la fragmentación de las redes familiares y de apoyo. Las redes de sostén se diluyen, las estructuras familiares se achican y el cuidado cotidiano recae en unos pocos cuerpos, configurando escenarios de mayor carga individual y menos espacio para compartir responsabilidades, lo que afecta tanto a adultos como a las nuevas generaciones.

La falta de redes de apoyo afecta la calidad de vida de quienes crían. La precarización del trabajo destinado principalmente a mujeres e invisibilizado socialmente intensifica la carga emocional y física de padres, madres y cuidadores. Sumado a esto, entornos urbanos que restringen la autonomía infantil generan una dinámica diaria que impide a los niños disponer de tiempo libre para el juego o el aburrimiento.

La transformación digital reconfigura la crianza con nuevos interrogantes. La influencia de los algoritmos y la circulación de información en las redes sociales modifican los modos en que adultos y niños interactúan y se forman opiniones. Los algoritmos refuerzan sesgos de confirmación, haciendo creer que existe una sola manera correcta de criar, dificultando el debate genuino sobre los desafíos que atraviesan a cada familia, grupo y contexto social.